21 de septiembre de 2008

El español urgente (I)

Todo el mundo sabe que a los periodistas, muy a menudo, les toca trabajar contrarreloj, y más desde la aparición de Internet. Antes, el gran quebradero de cabeza de un periodista era acabar de escribir el artículo de rigor antes del cierre. Si Manolo Santana ganaba Wimbledon un lunes, la noticia tenía de aparecer sin falta en el número del martes. Ahora, si Rafa Nadal gana Roland Garros un lunes a las siete de la tarde, la noticia ha de estar colgada en la página web del periódico a las siete y cinco. Y aún es tarde, vamos...

Estas prisas y este ansia por ser el primero en publicar una determinada noticia juega totalmente en contra del idioma. No es lo mismo escribir una crónica de 100 ó 150 palabras en una hora que improvisarla en cinco minutos: ni la profundidad ni la calidad del texto van a ser las mismas. No hace mucho, el escritor colombiano Gabriel García Márquez afirmaba sufrir "como un perro" cada mañana al leer la prensa escrita, y no le culpo.

Pero las prisas en el mundo de la prensa escrita (y de los medios de comunicación en general) no afectan sólo a los periodistas, sino también a los traductores. A esos pobres traductores, tanto de periódicos como de agencias de noticias, que han de traducir la información que llega desde el extranjero a toda mecha, a menudo sin tiempo ni para documentarse ni para pensar en condiciones, cosa que suele dar como resultado textos llenos de inexactitudes lingüísticas o culturales y falsos amigos.

Todo esto viene a cuento de que estoy preparando varias entradas sobre "errores típicos" y "traducciones trasparentes" que uno puede encontrarse al leer el periódico, escuchar la radio o ver la tele, y que amenazan con introducirse en el castellano del día a día por la puerta de atrás. Un ejemplo: ya es cada vez más común leer detalles personales en lugar de datos personales en los currículum vitae colgados en la red.